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¡Adiós Don Antuco! Imprimir E-Mail
lunes, 15 de octubre de 2007

Por: Lic. Raúl Flores Viteri

Después de una penosa enfermedad, a fines del pasado mes de Septiembre, se nos adelantó Don Antonio Queli Gómez. Había llegado a la isla por el tiempo en que permanecieron los soldados norteamericanos en la Base Aeronaval de la isla Baltra, donde también trabajó. Era guayaquileño este hombre delgadito y trigueño.

Una hermana lo había invitado a venir a Santa Cruz y se había sentido muy contento de estar aquí. En las fincas trabajó como jornalero y a veces lo pagaban en especies, es decir con productos o gallinas. Era muy bueno para manejar el machete; limpiaba los solares de maravilla, hasta las piedras las retiraba pacientemente. El ganado era abundante, me decía. Desde la Playa podíamos contemplar las manadas de vacas silvestres en las laderas de los cerros de la isla. Era conocido por todos los colonos, por quienes era muy solicitado para prestar sus servicios.

Cuando se fueron los gringos y dejaron su Base Militar de Seymour, a petición de varios amigos colonos no habían quemado sus casas de madera, como era su Ley cuando se retiraban de una base militar, sino que aceptaron su solicitud y las dejaron desocupadas para que sean entregadas a los isleños y transportadas a las otras islas pobladas. Don Antuco fue contratado para desarmar la casa de Doña Marina. Y cuando también solicitó una al jefe militar ecuatoriano que se había hecho cargo de Seymour, ya no alcanzó a recibir una casita porque todas habían sido repartidas. Pero, en sus momentos libres, se dedicó a juntar los residuos de maderas que se encontraban dispersos, regados por las carreteras y caminos y los trasladó al muelle. Cuando el oficial preguntó de quién era aquella ruma de maderas, Queli le explicó que eran las tablitas que había recogido de las que estaban regadas por la isla, que habían dejado los colonos, y eran las sobras de lo que los otros dejaron…


Don Antuco trajo esa madera a Santa Cruz y armó su casita, y la sentó en la esquina donde está el restaurant The Rock, casi frente a la actual Capitanía del Puerto, (la antigua Capitanía del Puerto funcionó en una casita de madera ubicada donde está la gran iguana de cemento, frente a la Cafetería Hernán en el Parque de San Francisco de Puerto Ayora). Ni clavos tuvo que comprar porque aquellos clavos americanos con enderezarlos quedaban como nuevos y volvían a servir. Y hasta tuvo su propia vajilla americana, porque cuando trabajaba en la cocina de la Base Americana de Seymour los gringos tiraban a la basura los platos que por casualidad habían caído al suelo y él había tenido la paciencia de recogerlos..

Alguna vez en Guayaquil, me encontró su sobrina Dominga que trabajaba en la gran fabrica de galletas, fideos y caramelos y me pregunto por él. Lo único que se le ocurrió decir es pedirle que le envíe plata. Sin embargo aquí fue muy apreciado por los isleños, personas caritativas que desinteresadamente velaron por él, no lo abandonaron y lo cuidaron hasta sus últimos días… Es que así es de solidaria la gente humilde de nuestro pueblo que no vino en busca del vil metal. Cuando se creó el cantón se enroló como trabajador en el I. Municipio hasta su jubilación.

Hombre humilde que dejó su recuerdo en quienes lo conocimos. Un viejo colono que sirvió a la gente. Fue un gran trabajador que se dejó apreciar por quienes lo conocimos. Gente como Don Antuco, humilde y sencilla, hicieron grande a Santa Cruz desde su humilde puesto de trabajo.

Ya no está entre nosotros pero lo recordaremos. Mi sincero homenaje, me inclino reverente ante su tumba. Se van los verdaderos pioneros. Nunca aspiraron a la riqueza.   Nunca arrebataron nada a nadie, al contrario dieron todo lo que tuvieron. En el Día de los Fieles Difuntos, recordemos reverentes también a quienes partieron este año 2007, entre otros, el Licenciado Miguel Cifuentes Arias, el Ingeniero Luis Alberto Cruz Sayo y Don Lucho Aguirre. ¡Paz en sus tumbas!
 

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